N.
La fiesta.
Por qué había aceptado ir a esa fiesta....
Ni idea, la verdad. Pensé que estaría entretenida.
Esperar a que las demás me contaran como iban las cosas me tensaba.
Esperar se me da bien, pero a veces la espera es demasiado larga.
Así es que ahí estaba. Sentada en ese taburete alto, que me dejaba las piernas colgando. No se si mencionar la decoración del lejano oeste, ni los sombreros texanos de los invitados.
Se, la mía también.
Estaba tomándome un gintonic, pero seguía concentrada en lo importante.
En el maletero del coche llevaba todo lo necesario, en caso de que algo les saliera mal a A o a D.
Soy, digamos...el departamento logístico.
Y de comunicaciones.
Y el informático.
Joder, soy un montón de departamentos.
El tío de la mesa del fondo no me sacaba el ojo de encima.
Tenía cara de imbécil.
Pero mentiría si dijera que el imbécil no estaba bueno.
Si, estaba muy bueno, hasta con el sombrero texano....o por él, quién sabe.
María que estaba a mi lado se acercó a mi oído, para soltarme un: tía, no te quita ojo.
Seeee, lo había notado.
Pero D no me pasaba el ok. Seguro que todo iba bien, pero estaba en Boston, a D le encanta esa ciudad y la conoce lo suficiente como para perderse en algún sitio.
Sin su ok, por bueno que estuviera ese tío, no podía mirármelo.
Me pedí otro gintonic, qué caray!
Mi teléfono vibró!
D y su ok, ya estaban aquí....tenía 30 minutos para estudiar a ese imbécil, antes del ok de A.
Así es que le mandé una sonrisa encriptada, para que el susodicho empezara a pensar que tenía posibilidades.
Tardó dos minutos en acercarse.
Digamos que el tío iba a lo que iba.
Mentiría sino dijera que yo también.
Las relaciones sentimentales no se me dan bien. Pero los aquí te pillo aquí te mato, se me dan de maravilla.
El imbécil se llamaba Jordi, vendedor de coches, divorciado, blablablabla, dejé de escucharle.
A me mandó su ok.
A partir de ahí tenía aproximadamente una hora y media, hasta los siguientes movimientos.
Lo bueno de vivir en un pueblo con mar, son las playas desiertas en invierno.
Jordi seguía hablando de no se qué, porque francamente me importaba un pimiento.
Sin dejar de sonreirle me acerqué a su oído: Vaquero, vamos a cabalgar?
Salté de ese puto taburete y tiré de él hacia la salida.
La pregunta, obviamente, no necesitaba de respuesta alguna.
Jordi seguía alucinado de lo bien que le había salido la jugada.
Lo dicho, un imbécil.
Él no había hecho nada, yo había decidido tirármelo.
Esperé a llegar justo a la esquina para hacer que nuestras lenguas se fueran conociendo.
No estaba mal. Bastante bien, para ser sincera.
El roce de nuestros cuerpos me indicó claramente que esto nos saldría bien.
La playa estaba desierta.
El chiringuito veraniego nos dio cobijo.
Nadie nos iba a ver.
Me quedaba una hora.
Me pegó contra la pared llena de arena y sal.
Desabrochó mi camisa vaquera y me metió mano, bruscamente, pero sabiendo qué estaba haciendo. A lo mejor no era tan imbécil. Al menos sabía tocar tetas.
Mientras su lengua se entretenía, le metí mano, directamente porque el tiempo se me echaba encima.
Hay que decir que su entrepierna era prometedora.
Le escuché lanzar un gemidito.
Desabroché su pantalón, al mismo tiempo que él desabrochaba el mío.
Cincuenta minutos.
Me dió la vuelta en un flash, bajándome los pantalones y el tanga. Tardó apenas un segundo en ponerse el condón, que ni se de dónde sacó. Definitivamente no era imbécil.
Me agarró de la trenza.
Si, peinado vaquero. Lo de la fiesta vaquera estaba dando juego. Yeaaahaaa.
Su otra mano me agarró con fuerza, y el vaquero cabalgó, vaya si cabalgó.
Me quedaban treinta y cinco minutos.
Me mordió el cuello.
Sentí que eran los últimos empujones. Me concentré en lo que estaba sintiendo.
Y en su respiración.
Iba a terminar. Me sincronicé. Eso también se hacerlo bien.
Terminé al mismo tiempo que él.
Fuimos ruidosos.
Pero nadie nos escuchó.
Veinticinco minutos.
Se quedó pegado a mi. Recuperando la respiración.
Me soltó un: vaquera, quiero volver a montar contigo.
No le contesté. Le sonreí.
Era gracioso.
Me coloqué la ropa y él hizo lo mismo con la suya.
Le planté un beso de despedida, un nos vemos y me fui.
No pensaba volver a verlo.
Diez minutos antes de lo esperado y justo cuando llegaba a mi coche, un mensaje de D diciendo que nos veíamos al día siguiente, me indicaba que embarcaba sin problemas.
Sonreí.
Con el siguiente mensaje de A, un día larguísimo llegaba a su fin.
Metí el coche en el parking, podía aparcar en la calle, pero el maletero estaba lleno y no tenía ganas de bajar todos los trastos.
Eran las tantas pero el oído de la mi madre es propio de un Xmen.
Evidentemente me escuchó.
Pasé a darle un beso y se aseguró que su pequeña hija de cuarenta años estaba sana y salva.
Adoro a esa mujer, no se bien si por sus atributos de Xmen o porque simplemente es mi madre.
Me quité las botas vaqueras.
¿Cuando coño pensé que necesitaba unas botas vaqueras?
Me di una ducha.
Me enfundé una camiseta vieja y caí muerta en la cama.
Mi último pensamiento....el vaquero.
D.
A.
El vaquero de nuevo....
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