X.
08/03
Aquello era un baño de sangre.
Todo había salido horrible desde el principio.
Hay cosas que se tuercen y las hay que ya están torcidas cuando empiezan.
Nadie sabía que estábamos ahí.
Podía arreglarlo.
Necesitaba pensar.
Y a X, necesitaba a X.
Según lo previsto 5 horas de coche nos separaban. Tenía que venir en coche. Necesitaba sus productos químicos.
X es la reina de los tutoriales.
Bueno V también...solo que los suyos son de maquillaje.
Los de X, de productos químicos. Creo que si tuviera tiempo sabría hacer bombas...o ya sabe y no nos lo ha contado.
Céntrate D.
Mensaje para X. Ok?
Me respondió casi al minuto.
Sincronizamos. A las 18.30 estaría en la entrada de la finca.
Tenía aproximadamente 4 horas para arreglar ese desastre.
Desde el principio supe que no me lo pondría fácil.
Sabía con quien estaba tratando.
Una no puede pretender que un depredador se lo ponga fácil.
Me lo puso difícil. Debo confesar que más de lo que pensé.
Pero estaba en el suelo, cubierto con su propia sangre.
Le había dado caza y fin.
Habíamos llegado la noche anterior.
La finca era una maravilla aislada.
Perfecta para cumplir la misión de Ernesto.
Me hice la tonta todo lo que pude y más.
Pero juro, que estaba cagada de miedo, como nunca.
Su misión era ablandarme, someterme, anularme.
El domingo vendrían por mi y yo, tan sólo desaparecería.
Había fingido quererle.
Ernesto pensaba que estaba loca por él.
Creía a pies juntillas que era una pobre mujer, sola, sin familia, que necesitaba un hombre, como él, a cualquier precio.
Dejaría que hiciera lo que quisiera conmigo, sólo por estar con él.
Gilipollas.
N le había pinchado el teléfono, así es que teníamos bastante claro lo que planeaba.
Lo hicimos creíble durante tres semanas.
Tres semanas eternas.
Era un cabrón, él y sus socios.
Trata de personas.
No sabíamos cuántas personas había hecho desaparecer. Sabíamos dónde iban la mayoría de ellas.
Pero no habíamos conseguido localizar a Marta.
Sus padres no habían perdido la fe.
Pero estaban buscando, digamos que, justicia terrenal. A veces la eterna llega tarde.
Enrollé su cuerpo con la puta alfombra, que ya sin el muerto pesaba un muerto.
Fregué el suelo a conciencia.
Pero sólo para que el trabajo de X fuera más fácil y rápido.
Revisé la casa entera, zona a zona, no podía dejar rastro.
Pero necesitaba ducharme.
Metí la bata que llevaba en una bolsa de basura.
No di tiempo a que saliera el agua caliente.
Casi muero cuando el agua helada me cayó encima.
Diossss, como necesitaba eso.
Recordé.
La primera vez que me acosté con él, tuve que fingir que no sabía nada de sexo.
Casi me duermo.
En la segunda, me despertó de golpe. Tiró tan fuerte de mi cabello que me arrancó dos extensiones.
La tercera vez me hizo chuparle los zapatos, como si fuera su perrita, dijo.
Eso nos llevo a una reunión de emergencia. N tenía dudas sobre mi aguante.
Confieso que yo también.
Controlarse, contenerse en situaciones así es difícil.
Pero iba a terminar lo que había empezado.
Y eso nos llevó hasta esa finca.
Un fin de semana romántico, para poder disfrutar el uno del otro.
No puedo evitar decirlo con sarcasmo.
¡Hay que joderse!
¿Qué sabía ese energúmeno de romanticismo?
Pero ahí estábamos.
Tenía previsto matarle antes, justo llegar.
Pero me ató al cabecero de la cama, sin que pudiera evitarlo.
Casi me arrancó un pezón. Casi, porque lo del romanticismo se le había olvidado, pero recordó que la mercancía debía estar completa.
Me dormí con un brazo atado.
Cuando desperté Ernesto me había liberado el brazo, que aún me dolería, tres meses después.
Esa D, sumisa, llevaba en su maleta una bata japonesa bonita a rabiar.
Lástima que no volviera a ponérmela nunca más.
Bajé las escaleras casi en trance.
Y ahí estaba él, hablando por teléfono. Vendiéndome. Según lo previsto.
Me besó.
Me abrazó, casi como si le importara.
Ahí, justo detrás de él. En esa repisa. Expuesta. Una katana japonesa. No estaba yo muy centrada, para que mentirnos.
Pero esa katana conjuntaba con mi bata.
Su teléfono volvió a sonar.
Su mano resbaló hasta mi nalga. Me sonrió. Se separó de mi, mientras hablaba por teléfono.
Saqué la katana de su soporte.
Desenfundé lentamente, sin hacer ruido.
Me acerqué a él. Por la espalda.
Levanté la katana con las dos manos.
La bajé de golpe por su lado izquierdo, justo en su cuello.
Su sangre me salpicó.
Se llevó las manos al cuello.
Levanté la katana y le golpee de nuevo justo en el centro de su cabeza.
Salpicaduras de nuevo.
Cayó.
A mis pies.
X llegó según lo previsto.
Casi no mediamos palabra, porque creo que mi cara me delataba.
Ambas nos enfundamos los trajes de forenses, a lo CSI. Zapatos incluidos.
La seguí, le obedecí.
Recordé que había que limpiar y sacar parte del desagüe del baño en el que me había duchado.
Nos llevamos la ropa de cama.
La katana
Mi maleta.
Y al gilipollas.
Dejamos esa casa impoluta.
X se fue en su coche, yo en el de Ernesto.
Hicimos desaparecer las huellas de los neumáticos.
Desaparecimos, como si nunca hubiéramos estado allí.
A Ernesto le trituramos.
En el Algarve hay una planta de gestión de residuos abandonada. Una con un triturador.
M nos consiguió los planos un año atrás, en uno de sus viajes en familia. Es un amor.
El coche se quedó ahí. Escondido. Sin huellas. Sin restos.
Regresé a España con X.
Dormí la mitad del camino.
La otra mitad me tocó conducir.
Queen, The Platinum Collection.
Si canto, no pienso.
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