jueves, 22 de marzo de 2018

Capítulo 6

D

El amor.

Me desperté, sobresaltada.
Faltaba poco para que amaneciera.
Lo ví.
Me recosté.
Él estaba en el salón, frente al gran ventanal.
Ese salón tenía unas vistas privilegiadas.
Rezaba.
Su rezo justo antes del amanecer.
En esta vida ha habido muy poca gente que me pareciera fascinante.
Él me lo parece.

Me gusta verle rezar.
Soy atea, no comprendo prácticamente ninguno de los actos de fe de los hombres, hacia ninguna religión.
Así es que sospecho que es él, el que me parece interesante, más allá de la religión que profesa.

Tengo una vida complicada.
Él hace que me olvide de casi todo.
Casi.

Estaba intentado descansar, pero el trabajo de A me tenía preocupada.
Había trabajado hasta casi las 3, con el solo propósito de mantener mi mente ocupada.
Necesitaba la confirmación de que todo estaba bien.
Me tocaba esperar un poco más.
Con él, la espera era  menos pesada.

Terminó de rezar y guardó sus cosas.
Se dio cuenta que estaba despierta.
Me sonrió mientras se acercaba.
Creo que eso es lo que más me gusta de él. Sabe cuando es muy temprano para hablarme.
Hay gente que cree que puede hablarte a cualquier hora...y no, a mi no.

Mi teléfono vibró y él me dedicó una mueca.
X y A habían mandado confirmación a N, todo controlado. Eso quería decir que en algún momento se había descontrolado, verdad?Joder!
N me contestó un duérmete, justo en el momento que él alcanzaba mi pie izquierdo.
Con tocarme, en alguna parte de mi cerebro se desactivaban las defensas. Este hombre es casi un mago.
Dormir no estaba en mi lista actual de pendientes.
¿Como iba a dormir con ese hombre a mis pies?

Le miré mientras me besaba los pies y sus manos acariciaban mis piernas.
El contraste entre su color de piel y el mio era algo fascinante.
Sus manos llegaron a los tatuajes de mis piernas y siguieron subiendo.

Por norma general duermo desnuda. Me acuesto desnuda. Menos cuando duermo con él.
Me gusta sentir su necesidad de apartar la ropa que se interpone entre los dos.
Y...me pierde lo de comprar ropa interior.

Sus manos se metieron entre mi piel y mi culotte de tul bordado, y como un acto reflejo, separé más mis piernas.
Sus dedos y su lengua se sincronizaron conmigo.
Casi instintivamente mis manos fueron a su cabeza. Le acaricié sujetándole, para que no se apartara de donde estaba.
Lancé un suspiro y él levantó la cabeza.
Me miró y subió hasta mis labios, al tiempo que mis piernas se enrollaban en su espalda.
Nos besamos.
Sin dejar de besarle, le forcé hacia la izquierda, para poder quedarme encima suyo.
Su mano apartó el tul que nos separaba para poder entrar dentro de mi.
Acompasamos nuestros ritmos.
Me sujetó, con fuerza, de las caderas, acompañando a mis movimientos.
Se incorporó lo suficiente para que sus labios llegaran a mi piel y yo metí mis dedos entre su cabello.
Nos dejamos llevar y terminamos juntos con un gemido, que debió de llegar a casa del vecino.
Nos quedamos abrazados.
Ya había amanecido. Pero seguía siendo temprano.
Se adormiló mientras le acariciaba la espalda.
Con la mano derecha saqué el móvil de debajo de la almohada y fui liberando mi brazo izquierdo, para poder escribir.

Mensaje a X: Te queda un día libre, verdad?
-Si. En qué estás pensando?
-Dile a A que te deje en Porto. Nos vemos ahí esta tarde. En el Vincci.
Mensaje a N: Búscame un vuelo a Porto. Y píllanos a X i a mi habitaciones en el Vincci. 😘 Luego te cuento.

Me levanté dispuesta a ducharme y ponerme en marcha.
Pero le dediqué una repasada a H. Le quería, más de lo que era capaz de confesar en voz alta.
El amor .
Ashhh.

Cerré la puerta del baño y enlacé mi Iphone con el reproductor.
Diana Krall y una escapada a Porto.
Planes perfectos






















                                                                                                                                                                                 
                                                   







lunes, 19 de marzo de 2018

Capítulo 5

C.

Boeuf bourguignon

Cinco minutos antes ya estaba entrando al edificio, con los auriculares puestos y sonriendo.
Confieso que esas tres semanas me habían hecho feliz.
Al principio pensé que no sabría hacerlo. Pero sabía. Sé.

Saludé a Silvia, la chica de recepción. Es un amor.
Hay un camino directo a los vestuarios, pero yo siempre paso por recepción y así saludo a los "chicos".
Miguel sentado en su silla, justo en el marco de la puerta, me dedica una sonrisa. Buenos días Miguel!!! Lo digo alto y claro porque el pobre está sordo como una tapia.
Asunción me suelta un beso desde la cama. Cuánta dulzura tiene esta señora.
La siguiente es la habitación de Augusto. Está conectado a una máquina que le mantiene respirando, así es que entro y digo Buenos días, lo suficientemente alto, para que Asunción desde la habitación de al lado, vea que no me olvido de él.
Lo que no escucha, porque lo digo susurrando, es "hijo de puta" que es lo que siempre le digo después de Buenos días.
Hay que mantener el teatro. Unas horas más.

Confieso que la idea de dejar ese trabajo no me estaba gustando.
Disfrutaba.
Nunca me imaginé volviendo a trabajar.
Cuando me divorcié pensé que lo necesitaría, pero la verdad es que lo había dejado apartado. Hasta que Augusto entró en nuestras vidas.

Entré en los vestidores justo cuando Julia empezaba con la receta, en mi oído izquierdo.

Siempre me he defendido cocinando, pero no para 70 personas y sus complicaciones alimentarias.
Digamos que a nivel hogar.

Me tomé como un reto lo de cocinar para esta gran "familia". Superando las recetas especiales, los digamos que "normales"ya llevaban una semana degustando las recetas de Julia Child...y estaban encantados.
Me encantaba cocinar con ella. Bueno con ella en el oído. Siguiendo sus instrucciones.

Dejé todo en la taquilla y ya cambiada al modo cocinera me metí en la cocina.
Saludé a mis compañeros. Ellos también me gustaban.
Descontando a Augusto, los demás eran encantadores.

Hoy: Boeuf bourguignon
Los ingredientes ya estaban listos desde el día anerior. Me sabía los pasos. Pero Julia me ayudaba a concentrarme.
Mi ayudante ya había cortado las verduras en rodajas.
Procedí con la mise en place.
Y mientras empezaba con la elaboración mi mano derecha palpó la jeringuilla que estaba en el bolsillo de mi pantalón. Todo según lo planeado.

Augusto podría parecer un pobre anciano a las puertas de la muerte. Y todo en la frase sería cierto, menos lo de pobre venerable o cualquiera de esos adjetivos lastimeros. No daba lástima. Llevaba en las puertas de la muerte, demasiado tiempo, y no moría.
Ibamos a ....agilizar ese paso.
Una jeringuilla con aire en su arteria femoral y zas, adiós a Augusto.

Seguí a Julia:

Agregue la sal y la pimienta y mezcle. Espolvoree con la harina y mezcle, para que la carne se reboce ligeramente....

La carne iba a estar en el horno entre 3 y 4 horas.
Ese era el preciso momento.
Coloqué la carne a 160º.
Salí de la cocina sin decir nada, sin que nadie se diera cuenta que no estaba.
Caminé hacia las habitaciones.
No estaban, era la hora de la psicomotricidad. Sólo Augusto.
Entré sin mi acostumbrado saludo. Silenciosamente.
Mi mano izquierda tocó su pierna izquierda.
Hola Augusto.
Vas a morir, porque esto tiene que acabar.
Metí mi mano derecha en el bolsillo del pantalón. Saqué la jeringuilla.
Le metí aire.
Mi mano izquierda tenía localizada la femoral. No vacilé.
Le inyecté.
Milésima de segundo.
Me saqué los guantes, uno dentro del otro. La jeringuilla dentro de ellos.
De vuelta al bolsillo y  de vuelta a la cocina.
Nadie se percató de que no estaba.
Cada uno en sus obligaciones, no habían tenido tiempo de preguntarse cuánto hacia que no estaba frente al fuego.

Seguí con las preparaciones como si nada.

Augusto fue General.
En otra vida.
En otro país.
En 1982 después de que Videla se retirara y fuera sucedido por Viola, decidió huir de Argentina.
Cabe decir que inteligentemente.
Se sintió libre de todo cargo.
Nunca pensó que después de tantos años alguien le reconocería.
Dudamos de la historia de Isabel, hasta que conseguí una muestra de ADN. Augusto tenía una sobrina que se prestó al análisis.
Era él, no nos cabía duda.
Con miles de muertos a su espalda y quién sabe cuántos niños robados, finalizó así su vida, postrado en esa cama.

Antes de servir la comida, mandé un mensaje a N: ok
Cuando los postres estaban saliendo con normalidad , di por terminada mi jornada.
Me cambié como siempre.
Al pasar por delante de la puerta de Augusto, vi la cama vacía.
Saludé a Asunción y a Miguel, con un hasta mañana.
Me acerqué a Silvia para preguntar por Augusto.
Ay Dios, qué pena, parece que falleció...
Una pena, si, si.
Un hasta mañana y salí.

Pensé en la receta del día siguiente.
No podía desaparecer el día después de morir Augusto.
Iba a disfrutar unos días más de esa cocina.

¿Mañana? Canard en croûte.

Hoy tocaba chimenea...nada romántico.
No hacía mucho frío, pero iba a quemar los guantes con la jeringuilla.
A mis hijos les parecería genial. Les encanta esa chimenea.

Confieso que Augusto me había dejado una pasión por los tangos.
Sonreí, al tiempo que la "Cumparsita" sonaba en mi coche.
Tomé nota mental, iba a aprender a bailar tango.

(...)
Los amigos ya no vienen
Ni siquiera a visitarme,
Nadie quiere consolarme
En mi aflicción....











jueves, 8 de marzo de 2018

Capítulo 4

X.
08/03

Aquello era un baño de sangre.
Todo había salido horrible desde el principio.
Hay cosas que se tuercen y las hay que ya están torcidas cuando empiezan.

Nadie sabía que estábamos ahí.
Podía arreglarlo.
Necesitaba pensar.
Y a X, necesitaba a X.

Según lo previsto 5 horas de coche nos separaban. Tenía que venir en coche. Necesitaba sus productos químicos.
X es la reina de los tutoriales.
Bueno V también...solo que los suyos son de maquillaje.
Los de X, de productos químicos. Creo que si tuviera tiempo sabría hacer bombas...o ya sabe y no nos lo ha contado.
Céntrate D.

Mensaje para X. Ok?
Me respondió casi al minuto.
Sincronizamos. A las 18.30 estaría en la entrada de la finca.
Tenía aproximadamente 4 horas para arreglar ese desastre.

Desde el principio supe que no me lo pondría fácil.
Sabía con quien estaba tratando.
Una no puede pretender que un depredador se lo ponga fácil.
Me lo puso difícil. Debo confesar que más de lo que pensé.
Pero estaba en el suelo, cubierto con su propia sangre.
Le había dado caza y fin.

Habíamos llegado la noche anterior.
La finca era una maravilla aislada.
Perfecta para cumplir la misión de Ernesto.
Me hice la tonta todo lo que pude y más.
Pero juro, que estaba cagada de miedo, como nunca.
Su misión era ablandarme, someterme, anularme.
El domingo vendrían por mi y yo, tan sólo desaparecería.

Había fingido quererle.
Ernesto pensaba que estaba loca por él.
Creía a pies juntillas que era una pobre mujer, sola, sin familia, que necesitaba un hombre, como él, a cualquier precio.
Dejaría que hiciera lo que quisiera conmigo, sólo por estar con él.
Gilipollas.

N le había pinchado el teléfono, así es que teníamos bastante claro lo que planeaba.
Lo hicimos creíble durante tres semanas.
Tres semanas eternas.
Era un cabrón, él y sus socios.

Trata de personas.
No sabíamos cuántas personas había hecho desaparecer. Sabíamos dónde iban la mayoría de ellas.
Pero no habíamos conseguido localizar a Marta.
Sus padres no habían perdido la fe.
Pero estaban buscando, digamos que, justicia terrenal. A veces la eterna llega tarde.

Enrollé su cuerpo con la puta alfombra, que ya sin el muerto pesaba un muerto.
Fregué el suelo a conciencia.
Pero sólo para que el trabajo de X fuera más fácil y rápido.
Revisé la casa entera, zona a zona, no podía dejar rastro.
Pero necesitaba ducharme.

Metí la bata que llevaba en una bolsa de basura.
No di tiempo a que saliera el agua caliente.
Casi muero cuando el agua helada me cayó encima.
Diossss, como necesitaba eso.

Recordé.
La primera vez que me acosté con él, tuve que fingir que no sabía nada de sexo.
Casi me duermo.
En la segunda, me despertó de golpe. Tiró tan fuerte de mi cabello que me arrancó dos extensiones.
La tercera vez me hizo chuparle los zapatos, como si fuera su perrita, dijo.
Eso nos llevo a una reunión de emergencia. N tenía dudas sobre mi aguante.
Confieso que yo también.
Controlarse, contenerse en situaciones así es difícil.
Pero iba a terminar lo que había empezado.
Y eso nos llevó hasta esa finca.
Un fin de semana romántico, para poder disfrutar el uno del otro.
No puedo evitar decirlo con sarcasmo.
¡Hay que joderse!
¿Qué sabía ese energúmeno de romanticismo?

Pero ahí estábamos.
Tenía previsto matarle antes, justo llegar.
Pero me ató al cabecero de la cama, sin que pudiera evitarlo.
Casi me arrancó un pezón. Casi, porque lo del romanticismo se le había olvidado, pero recordó que la mercancía debía estar completa.
Me dormí con un brazo atado.
Cuando desperté Ernesto me había liberado el brazo, que aún me dolería, tres meses después.
Esa D, sumisa, llevaba en su maleta una bata japonesa bonita a rabiar.
Lástima que no volviera a ponérmela nunca más.
Bajé las escaleras casi en trance.
Y ahí estaba él, hablando por teléfono. Vendiéndome. Según lo previsto.

Me besó.
Me abrazó, casi como si le importara.
Ahí, justo detrás de él. En esa repisa. Expuesta. Una katana japonesa. No estaba yo muy centrada, para que mentirnos.
Pero esa katana conjuntaba con mi bata.
Su teléfono volvió a sonar.
Su mano resbaló hasta mi nalga. Me sonrió. Se separó de mi, mientras hablaba por teléfono.
Saqué la katana de su soporte.
Desenfundé lentamente, sin hacer ruido.
Me acerqué a él. Por la espalda.
Levanté la katana con las dos manos.
La bajé de golpe por su lado izquierdo, justo en su cuello.
Su sangre me salpicó.
Se llevó las manos al cuello.
Levanté la katana y le golpee de nuevo justo en el centro de su cabeza.
Salpicaduras de nuevo.
Cayó.
A mis pies.

X llegó según lo previsto.
Casi no mediamos palabra, porque creo que mi cara me delataba.
Ambas nos enfundamos los trajes de forenses, a lo CSI. Zapatos incluidos.
La seguí, le obedecí.
Recordé que había que limpiar y  sacar parte del desagüe del baño en el que me había duchado.
Nos llevamos la ropa de cama.
La katana
Mi maleta.
Y al gilipollas.
Dejamos esa casa impoluta.
X se fue en su coche, yo en el de Ernesto.
Hicimos desaparecer las huellas de los neumáticos.
Desaparecimos, como si nunca hubiéramos estado allí.

A Ernesto le trituramos.
En el Algarve hay una planta de gestión de residuos abandonada. Una con un triturador.
M nos consiguió los planos un año atrás, en uno de sus viajes en familia. Es un amor.
El coche se quedó ahí. Escondido. Sin huellas. Sin restos.

Regresé a España con X.
Dormí la mitad del camino.
La otra mitad  me tocó conducir.
Queen, The Platinum Collection.
Si canto, no pienso.





















lunes, 5 de marzo de 2018

Capítulo 3

N.

La fiesta.

Por qué había aceptado ir a esa fiesta....
Ni idea, la verdad. Pensé que estaría entretenida.
Esperar a que las demás me contaran como iban las cosas me tensaba.
Esperar se me da bien, pero a veces la espera es demasiado larga.
Así es que ahí estaba. Sentada en ese taburete alto, que me dejaba las piernas colgando. No se si mencionar la decoración del lejano oeste, ni los sombreros texanos de los invitados.
Se, la mía también.

Estaba tomándome un gintonic, pero seguía concentrada en lo importante.
En el maletero del coche llevaba todo lo necesario, en caso de que algo les saliera mal a A o a D.
Soy, digamos...el departamento logístico.
Y de comunicaciones.
Y el informático.
Joder, soy un montón de departamentos.

El tío de la mesa del fondo no me sacaba el ojo de encima.
Tenía cara de imbécil.
Pero mentiría si dijera que el imbécil no estaba bueno.
Si, estaba muy bueno, hasta con el sombrero texano....o por él, quién sabe.
María que estaba a mi lado se acercó a mi oído, para soltarme un: tía, no te quita ojo.
Seeee, lo había notado.
Pero D no me pasaba el ok. Seguro que todo iba bien, pero estaba en Boston, a D le encanta esa ciudad y la conoce lo suficiente como para perderse en algún sitio.
Sin su ok, por bueno que estuviera ese tío, no podía mirármelo.

Me pedí otro gintonic, qué caray!
Mi teléfono vibró!
D y su ok, ya estaban aquí....tenía 30 minutos para estudiar a ese imbécil, antes del ok de A.
Así es que le mandé una sonrisa encriptada,  para que el susodicho empezara a pensar que tenía posibilidades.
Tardó dos minutos en acercarse.
Digamos que el tío iba a lo que iba.
Mentiría sino dijera que yo también.
Las relaciones sentimentales no se me dan bien. Pero los aquí te pillo aquí te mato, se me dan de maravilla.

El imbécil se llamaba Jordi, vendedor de coches, divorciado, blablablabla, dejé de escucharle.
A me mandó su ok.
A partir de ahí tenía aproximadamente una hora y media, hasta los siguientes movimientos.

Lo bueno de vivir en un pueblo con mar, son las playas desiertas en invierno.
Jordi seguía hablando de no se qué, porque francamente me importaba un pimiento.
Sin dejar de sonreirle me acerqué a su oído: Vaquero, vamos a cabalgar?
Salté de ese puto taburete y tiré de él hacia la salida.
La pregunta, obviamente, no necesitaba de respuesta alguna.

Jordi seguía alucinado de lo bien que le había salido la jugada.
Lo dicho, un imbécil.
Él no había hecho nada, yo había decidido tirármelo.
Esperé a llegar justo a la esquina para hacer que nuestras lenguas se fueran conociendo.
No estaba mal. Bastante bien, para ser sincera.
El roce de nuestros cuerpos me indicó claramente que esto nos saldría bien.

La playa estaba desierta.
El chiringuito veraniego nos dio cobijo.
Nadie nos iba a ver.
Me quedaba una hora.

Me pegó contra la pared llena de arena y sal.
Desabrochó mi camisa vaquera y me metió mano, bruscamente, pero sabiendo qué estaba haciendo. A lo mejor no era tan imbécil. Al menos sabía tocar tetas.
Mientras su lengua se entretenía, le metí mano, directamente porque el tiempo se me echaba encima.
Hay que decir que su entrepierna era prometedora.
Le escuché lanzar un gemidito.
Desabroché su pantalón, al mismo tiempo que él desabrochaba el mío.
Cincuenta minutos.

Me dió la vuelta en un flash, bajándome los pantalones y el tanga. Tardó apenas un segundo en ponerse el condón, que ni se de dónde sacó. Definitivamente no era imbécil.
Me agarró de la trenza.
Si, peinado vaquero. Lo de la fiesta vaquera estaba dando juego. Yeaaahaaa.
Su otra mano me agarró con fuerza, y el vaquero cabalgó, vaya si cabalgó.
Me quedaban treinta y cinco minutos.

Me mordió el cuello.
Sentí que eran los últimos empujones. Me concentré en lo que estaba sintiendo.
Y en su respiración.
Iba a terminar. Me sincronicé. Eso también se hacerlo bien.
Terminé al mismo tiempo que él.
Fuimos ruidosos.
Pero nadie nos escuchó.
Veinticinco minutos.
Se quedó pegado a mi. Recuperando la respiración.

Me soltó un: vaquera, quiero volver a montar contigo.
No le contesté. Le sonreí.
Era gracioso.
Me coloqué la ropa y él hizo lo mismo con la suya.

Le planté un beso de despedida, un nos vemos y me fui.
No pensaba volver a verlo.

Diez minutos antes de lo esperado y justo cuando llegaba a mi coche, un mensaje de D diciendo que nos veíamos al día siguiente, me indicaba que embarcaba sin problemas.
Sonreí.
Con el siguiente mensaje de A, un día larguísimo llegaba a su fin.

Metí el coche en el parking, podía aparcar en la calle, pero el maletero estaba lleno y no tenía ganas de bajar todos los trastos.

Eran las tantas pero el oído de la mi madre es propio de un Xmen.
Evidentemente me escuchó.
Pasé a darle un beso y se aseguró que su pequeña hija de cuarenta años estaba sana y salva.
Adoro a esa mujer, no se bien si por sus atributos de Xmen o porque simplemente es mi madre.

Me quité las botas vaqueras.
¿Cuando coño pensé que necesitaba unas botas vaqueras?
Me di una ducha.
Me enfundé una camiseta vieja y caí muerta en la cama.

Mi último pensamiento....el vaquero.
D.
A.
El vaquero de nuevo....























jueves, 1 de marzo de 2018

Capítulo 2

A.
El principio.

Miércoles.
Uno nunca sabe como llega a ese preciso punto, en el que me encontraba.
El hombre que estaba a mis pies era el hombre con el que iba a casarme.
Bueno, ya no.
Mis manos....
No sé cuánto tiempo llevaba ahí, mirándome las manos.
Y sus pies. Miraba sus pies.
Me obligué a mi misma a volver a la realidad.
¿A quién iba a pedirle ayuda?
No se lo había contado a nadie. Nadie sabía el infierno en el que vivía. Creo que me avergonzaba de mi misma, por aguantar y permitir sus maltratos.

También pensé que no me creerían. Él era tan adorable con todo el mundo....menos conmigo. Conmigo era él de verdad. Un puto monstruo.

Caminé hacia atrás, por no pisar la sangre.
En la trastienda estaba mi taller. Me saqué los guantes, colocandolos uno dentro del otro. Me los guardé en el bolsillo.
Me senté en mi taburete de trabajo.
Desbloqueé mi Iphone.
Si llamaba a alguien quedaría registrado...
El whatsapp.
Levanté la vista, desde ahí sentada conseguía ver las tijeras clavadas, en el lado izquierdo de su pecho.
Mis tijeras preferidas. Anoté mentalmente que debería comprar otras.

D.
Ella siempre estaba despierta a estas horas.
Tenía que confiar en alguien.
Tenía que pedir ayuda.
El teléfono me recordó que eran las dos. Por increíble que me pareciera, todo había sucedido hacía más de una hora.
Abrí mi conversación con D.
Qué coño le iba a decir?
Escribí: AYÚDAME
Tardó apenas 1 minuto.
-Dónde estás? Te llamo?
-No, estoy en la tienda, ven.
Me quedé sentada en el mismo sitio, con el teléfono en la mano.

La tienda y mi casa están en el mismo terreno.
Simplemente me pareció lógico y cómodo colocar la tienda y el taller, en dónde en otros tiempos,guardábamos las máquinas de cortar césped y montones de objetos que ya no tenían lugar en casa.
Soy florista, de siempre.
Nací en este mundo y aquí sigo entre ramos de novia y coronas de difuntos.
Si, difunto estaba.

D llamó a la puerta de mi taller.
Diría que ya estaba vestida, tardó lo justo en calzarse unas Uggs y recorrer la distancia que separaba su casa, de la mía.
Nos miramos. Ella me analizó sin entrar.
No me preguntó.
Me volví a dejar caer en el taburete.
Ella cerró la puerta tras de si. Creo que estaba midiendo sus palabras.
Cogió unos Kleenex y me los pasó.
-Límpiate la cara.
No me había dado cuenta.
Mi cara estaba manchada de sangre.
Señalé hacia la tienda, justo para que ella se diera la vuelta y lo viera, ahí, en el suelo.

Le conté como entró, como me golpeó y como en ese momento reaccioné como no lo había hecho en los últimos dos años.
D lo sospechaba, igual que las otras, que formaban nuestro pequeño grupo.
No me juzgó.
No me dijo nada.
Lo miró.
Me ordenó, porque no fue una sugerencia. Fue una orden.
-Abre la puerta de la tienda.
-Déjame ver tus zapatos.
Comprobó que estaban limpios. No había pisado la sangre.
Se puso unos guantes,de los desechables.
Removió cajones.
Tiró dos jarrones.
Se llevó el dinero de la caja y las llaves de la furgoneta de David.
Tiró de mi hacia la entrada de la tienda, sin mediar palabra.
Abrió la puerta trasera de la furgoneta y me dejó ahí plantada.
Entró de nuevo,cargó una caja de las que estaban preparadas para el evento del viernes y la colocó en la furgo.

Sujetó la puerta para que quedara abierta. Me dio la mano y así la seguí hasta mi casa.
Se aseguró de que me duchara a conciencia.
Me dio un Myolastan y me metió en la cama, literalmente.
Me preguntó a que hora llegaba Irene, mi ayudante.
Ella siempre llegaba a las 8:30.
Activó la alarma de mi móvil que ya estaba programada a las 8.
Y volvió a ordenarme con una seguridad pasmosa.
-Te levantas, te duchas, te vistes, todo según lo que harías normalmente. En algún momento Irene te llamará, gritará o golpeará tu puerta. Vas a tener que actuar, y muy bien.
La historia es la siguiente: Él llegó, no sabes cuando, porque quedó en que te ayudaría, con las cajas pesadas, del evento del viernes.
A ti te dolía el hombro, y como hacías en esas ocasiones, te duchaste y te tomaste un Myolastan. No, no se quedaba a dormir en tu casa.
Notas en falta dinero y ves que todo está revuelto. Que será lo mismo que dirá Irene.
Todo esto lo contaras con la mirada fija en un punto en concreto. Como si estuvieras ida. No te costara mucho hacerlo.
Esto es lo que vas a decir y como vas a decirlo. No hay otra opción y no vas a tener remordimientos. Estamos?
Joder si estábamos!
Pringadas, estábamos pringadas!

Se fue, después de revisar mi ropa y llevarse mi chaqueta y los guantes desechables que estaban en el bolsillo.

Todo, absolutamente todo, pasó como planeamos.
Nos vimos al día siguiente, y el viernes, pero solo reproducimos la versión oficial.
Pasaron  quince días hasta que lo hablamos.
Nunca supe que hizo con mi ropa o con los guantes.
Sé que hizo por mi, se que somos desde ese día.
Somos un equipo.
Las siete somos un equipo.
Este fue el principio.