D.
El fin.
Me estaba sacando los guantes de nitrilo, dejando uno metido en el otro. Me los metí en el bolsillo, mientras me colocaba los de piel.
En Boston el mes de febrero es un infierno helado.
Desandé el camino recorrido apenas 15 minutos antes, para recoger mi parka, escondida debajo del segundo banco.
¿Habéis probado a moveros ágilmente con una parka, guantes y bufanda?
Cualquiera sabe que es imposible.
Siempre me la quito para trabajar.
Me abroché hasta arriba. Tendría que prescindir de la bufanda, que en este momento me servía para envolver mi cuchillo.
Había dejado a Alberto en la parte de atrás de su casa.
Nadie lo encontraría hasta el día siguiente.
Alberto vivía en Beaconsfield.
En apenas cinco minutos estaba en Beacon st. El Burro bar siempre ha sido de mis preferidos. La comida mexicana me pirra.
Dentro la temperatura era excelente.
Me senté frente a la entrada, para poder observar la calle. A pesar del frío y la nieve, esta calle sigue transitada.
Empezaba a nevar más fuerte.
Eso eliminaría huellas. Perfecto.
Me pedí una Modelo y unos tacos al pastor. Después del primer sorbo a la cerveza, porque lo primero es lo primero, le mande un mensaje a N. "OK".
Suficiente para que mi compañera supiera que todo iba según lo planeado.
Los tacos era justo lo que necesitaba.
Aunque después de entrar en calor, comer y haber terminado con el trabajo, me estaba entrando una pasión soporífera.
Decidí ponerme en marcha por temor a quedarme dormida en esa silla.
Al salir a la calle el frío me golpeó de nuevo, agradecí la vuelta a la realidad.
Me monté en el primer tren que pasó, directo a Gov't center.
Ahí cambiaba de metro, por uno que me llevaba directamente al aeropuerto.
Justo bajar en la estación y todo según mis planes y horarios, robé una botella de lejía de un carrito de limpieza.
En el baño limpié el cuchillo y lo coloqué dentro de la cisterna del baño.
Hay que ser metódica y resolutiva, en todos los trabajos, pero cuando te pagan para matar a alguien y tienes previsto salir airoso, más.
La linea azul del metro de Boston cruza con la naranja. Me cambié con el solo propósito de deshacerme de los guantes de nitrilo que todavía estaban en mi bolsillo.
Justo después de la parada de Chinatown hay un hospital. Un sitio perfecto para tirar esos guantes. Hay montones de depósitos donde desechar unos guantes en un hospital.
No me preocupan las huellas dactilares. Al menos tres de nosotras ya no tenemos. A pesar de eso, el método y el orden son necesarios.
De regreso a la linea azul y derechita al aeropuerto.
El Logan Airport antes del 11-S era un mundo, después otro, un poco más complicado.
Recuperé mi equipaje de una de las consignas.
Check-in y en menos de dos horas ya estaba volando dirección París.
Estaba dándole vueltas a la idea de quedarme dos días en París. Quiero visitar la tumba de Jim Morrison, de Edith Piaff y las catacumbas de la ciudad. Pero siempre que visito esa ciudad voy con niños. Lo cual hace que acabe en Disney.
Siempre me quedará París.... a lo Bogart.
Llegando a París y corriendo por el Charles de Gaulle para llegar a tiempo a la siguiente puerta de embarque, mi móvil adquirió vida propia con tanta vibración.
Llamadas perdidas, mensajes, whatsapp y tres notificiaciones de facebook que pase por alto, evidentemente.
Mientras hacia cola para embarcar le mandé un mensaje lleno de corazones a mi hija de 7 años. Un mensaje a mi hijo adolescente lleno de amenazas maternas, que jamás cumpliré, y uno más a N. " te veo mañana".
Menos de dos horas más tarde aterrizaba en Barcelona.
Tardé una eternidad en recuperar mi equipaje.
Me clavaron 80€ de parking y me quedaba una hora hasta llegar a mi casa.
Conducir me venía bien.
Alberto Llaves ya no suponía una amenaza para nadie.
Quién nos había contratado, nos pago para hacerlo desaparecer del mapa. Elisa, así se llamaba.
Antes de vivir en Boston, Alberto vivía en Bogotá, como Elisa y su hermana pequeña María.
Alberto estudiaba con Elisa. La misma Universidad, la misma clase. Compartían tardes de estudio en casa de ella.
Golpeó y violó a Elisa.
Golpeó y violó a María.
Alberto desapareció con ayuda de su familia.
Comenzó una nueva vida en Estados Unidos.
Acordamos que no tenía derecho a tener vida alguna.
Si, Elisa nos pagó, pero no aceptamos un trabajo si no nos parece justo.
Boston es más bonito hoy, sin Alberto.
Me encanta!
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