Palladio
X
Una, a pesar de dedicarse a ello, siempre tiene tendencia a ponerse nerviosa, justo en el momento de entrar a escena.
Y una se dice a si misma: Mi misma, adelante.
Las simplezas me hacen reír y por suerte eso me permite relajar esa tensión nerviosa.
Andrea no era cosa mía. Era cosa de C, pero la señora estaba en Thailandia.
Y la odiaba por eso.
No por tener que encargarme de Andrea, sino porque ella estaba en Thailandia y yo no.
Evidentemente.
Justo por esa evidencia me hallaba hablando conmigo misma en ese rellano, en el que por cierto, hacía un frío de dos pares.
Pero tenía que esperar la señal.
Todos los días el mismo ritual.
Tenía que esperar las primeras notas de Palladio, para saber que estaba en su butaca. Disponiéndose a pasar 2 horas sentado en ella. Bien cerca de su copa y su puro.
Metí la mano en el bolsillo y saqué los guantes.
Faltaban 5 minutos para las nueve.
Me puse los guantes y toqué la llave que estaba en mi bolsillo.
El teléfono vibró en el bolsillo trasero de mis pantalones.
No le hice caso.
De todos es sabido que mi mente divaga en exceso, por si solita, sin necesidad de estímulos externos.
No, no iba a desconcentrarme.
Escuche el violín.
Saqué la llave y abrí la pesada puerta.
La casa olía a viejuno y un poco a humedad.
Caminé hacia la música.
Ahí estaba Andrea sentado en su butaca.
De espaldas a mi.
Estaba sentado frente a la imponente chimenea.
De pronto esa situación me pareció idílica.
Habría cambiado el puro por un libro.
Pero poder disfrutar de esas dos horas de paz, en ese marco, era casi un sueño.
Bueno en su caso esas dos horas de paz iban a convertirse en una eternidad...
Me desplacé a la derecha, para coger uno de los grandes almohadones mullidos del sofá.
Situada detrás de él, esperé a que dejara el puro en el cenicero.
Tres pasos y con un movimiento rápido le coloqué el almohadón en la cara.
Mis manos lo sujetaron fuerte.
Intentó apartar mis manos.
La falta de aire le hizo hacer ruiditos.
No me moví ni un ápice.
Estaba atenta.
Esperé hasta el último movimiento. Su último aliento.
Iba a llevarme ese almohadón.
No iba a dejar posibles pistas de nada.
Palladio había llegado a su fin y había dado paso a Taline Nanig.
Joder, me encanta Ara Malikian.
Mi mente a pesar de la situación disfrutó de la música de fondo.
Liberé la cara de Andrea.
Todo había pasado en poco más de cinco minutos.
Me acerqué a él y me dispuse a hacer pequeños cambios.
Le cerré los ojos.
Coloqué su mandíbula en posición normal.
Retrocedí unos pasos y le observé.
Me pareció todo correcto.
Recogí el almohadón.
Lo metí dentro de mi sudadera.
Caminé hacia la puerta revisando todo a mi paso, con ese almohadón a modo de panza estaba entre Santa Claus y una embarazada a punto de parir.
No había tocado nada, no había rozado nada.
Todo estaba en su sitio.
Dejé la llave en el armario de la entrada, de donde se supone que no había salido.
Le dediqué una última mirada a todo, antes de cerrar la puerta tras de mi.
Bajé las escaleras hasta la entrada de la casa.
Abrí la puerta de la calle y salí al aire gélido.
Metí las manos en los bolsillos y con un arte propio de alguna cultura milenaria me los saqué, dejándolos en los bolsillos.
Caminé a paso ligero las tres calles que me separaban de mi coche.
Al aproximarme al coche y detectarme, se abrió.
Me senté al volante y casi me había olvidado del almohadón, hasta que intenté abrocharme el cinturón de seguridad.
#impregnant
Me reí con ganas.
Y como consumidora sin filtro de mierdas varias televisivas,me vi a mi misma como una de esas madres glamurosas de Melbourne, que protagonizaban una mierderserie de Netflix. Pero sin Porsche.
Podría mentir, pero lo más genial de ser una de esas madres glamurosas era el Porsche... y estar en Melbourne.
No era el caso.
Le dí al botón y el coche a pesar de no ser un Porsche emitió un ronroneo genial, preciso.
En el lado del copiloto el almohadón me hacía compañía.
Sin querer rememorar a Andrea, pero aceptando que la música me había dejado un buen sabor de boca, le pedí a Siri que reproduciera a Ara Malikian.
El almohadón se sentía como en casa.
Abrí el whatsapp y mandé un mensaje a N: Ok
Repasé las conversaciones abiertas.
Pensé que los mensajes que había recibido mientras estaba en el rellano eran de mi policía particular.
Pero era D.
-Estoy en Punta Allen. Me quedo unos días. Los necesito. Los niños van a quedarse con su padre. ¿Vienes?
Joder, joder joder.
No podía. Es lo malo de tener un trabajo de los normales.
No tienes vacaciones cuando tu quieres ni de un día para otro.
Ni te da para comprarte un Porsche....
Bueno, la verdad es que si tenía para comprarme un Porsche, pero explicarle al mundo que me rodeaba de donde había sacado el dinero para comprarlo sería tooodooo un poema.
-No puedo D...a lo mejor estaría bien que se lo preguntaras a H...Punta Allen es una pasada...Pero voy a pedirte esa casa para las próximas vacaciones!!
-Es tuya cuando tu quieras. Ya lo sabes. Me lo mandó seguido de un emoji besucón a modo de fin de conversación. Estaba claro que hablar no era lo que necesitaba.
Puse el teléfono a hacer compañía al almohadón y salí de esas calles y de esa zona de la ciudad.
No se si por la música, la adrenalina, Punta Allen o el policía, mi mente empezó a evocar imágenes notoriamente sexuales.
De pronto y justamente por esas necesidades que mi mente me estaba creando, caí en la cuenta que mi policía no me había dicho nada desde hacía más de 24 horas.
Las personas normales, entre las cuales no me incluyo, se preocupan frente a esos lapsus de incomunicación, verdad?
#ptm
Dejé de pensar en cuestiones sexuales y empecé a visualizar situaciones catastróficas.
Le llamo.
No le llamo.
Le llamo.
El tono de llamada sonó en los altavoces del coche.
No descolgó.
Mi mente maquiavelica había pasado de lo sexual, a muerte y destrucción.
Subí el volumen cuando empezó a sonar Pisando flores. Siempre, absolutamente siempre cuando suena esta canción me siento en Hungría.
Podría haber estado en Hungría, o en Melbourne e incluso al volante de un puto Porsche....pero, dónde estaba mi policía?
Empezó a llover.
Me concentré en la conducción, pesada, incluso a esas horas de la noche y cambié de Ara a Elvis.
Sin duda cantando conduzco mejor ...
....And when you smile the world is brighter
You touch my hand and I'm a king
Your kiss to me is worth a fortune
Your love for me is everything
I'll guess I'll never know the reason why
You love me like you do
That's the wonder
The wonder of you...
No, Elvis, no me ayudas.